Page 63 - KAROL DANIELA MORALES VERÁSTEGUI INFORME
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En alumnos con discapacidad intelectual, estas funciones suelen desarrollarse de manera

               más lenta o incompleta, lo que se traduce en dificultades para anticipar consecuencias, controlar


               impulsos, seguir normas y adaptarse a cambios. En el caso del síndrome de Down, se observan

               con  frecuencia  limitaciones  en  la  memoria  de  trabajo  y  en  la  planificación,  lo  cual  impacta


               directamente en la capacidad para sostener la atención y regular la conducta.

                       Por su parte, los alumnos con TEA presentan alteraciones significativas en la flexibilidad


               cognitiva, la autorregulación emocional y la comprensión de normas sociales, lo que puede derivar

               en conductas disruptivas cuando enfrentan situaciones que les generan ansiedad, frustración o


               sobrecarga sensorial. En alumnos con discapacidad motora o múltiple, las conductas disruptivas

               pueden  relacionarse  con  la  frustración  derivada  de  las  limitaciones  físicas,  sensoriales  o


               comunicativas, así como con la falta de apoyos adecuados para su participación plena.

                       En este sentido, las conductas disruptivas pueden comprenderse como manifestaciones de

               necesidades  educativas  específicas  no  satisfechas,  más  que  como  comportamientos


               intencionalmente  problemáticos.  Su  aparición  suele  estar  asociada  a  dificultades  en  la

               autorregulación, la comunicación, la comprensión de consignas, la tolerancia a la frustración y la


               adaptación al entorno escolar. Estas condiciones se ven reforzadas cuando existen barreras en el

               aula,  como  la  falta  de  rutinas  claras,  escasos  apoyos  visuales,  sobreestimulación  sensorial  o


               actividades poco ajustadas al nivel de desarrollo del alumno.

                       La  intervención  educativa,  por  tanto,  debe  orientarse  no  solo  a  la  disminución  de  la


               conducta disruptiva en sí misma, sino al fortalecimiento de las funciones cognitivas y ejecutivas

               que  subyacen  a  dicha  conducta.  Barkley  (2012),  señala  que  el  desarrollo  de  estrategias  de


               autorregulación permite al alumno adquirir mayor control sobre su comportamiento, mejorar su

               atención y responder de manera más adaptativa a las demandas del entorno.




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