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la flexibilidad cognitiva mediante el cambio constante de roles o situaciones imaginarias
(García-Basurto et al. 2024).
En cuanto al lenguaje, el juego simbólico potencia el vocabulario funcional y social,
permite el uso de estructuras narrativas cada vez más complejas y contribuye al desarrollo del
lenguaje pragmático al practicar turnos de conversación, normas sociales de convivencia e
intenciones comunicativas.
Justo et al. (2018) destacan que, en el ámbito social y emocional, el juego posibilita la
empatía al adoptar roles distintos al propio, facilita la comprensión de normas sociales como
esperar turno o negociar, y brinda un espacio seguro para expresar, explorar y regular
emociones, lo que reduce la ansiedad frente a experiencias difíciles (citado en Álvarez et al.
2020)
Dentro del desarrollo de habilidades adaptativas conceptuales, este tipo de juego
adquiere especial relevancia, pues promueve la autodirección al permitir que el niño planifique,
organice y ejecute secuencias de juego; fortalece conceptos esenciales como cantidad, tamaño,
tiempo o función de los objetos; y, además, apoya la comprensión verbal y la capacidad de
seguir instrucciones.
El juego simbólico contribuye al desarrollo de competencias académicas funcionales
asociadas con clasificar, categorizar, secuenciar y relacionar información. En el plano motor, el
juego simbólico se vincula tanto con la coordinación fina al manipular objetos pequeños o vestir
muñecos, como con la coordinación gruesa a través de desplazamientos, construcciones o
recreación de escenarios (González-Villavicencio et al. 2022).
2.1.2 Características del juego simbólico
Duchi (2015, citado por González-Villavicencio, 2022) señala que este tipo de juego se
caracteriza por la descontextualización, en la que los objetos adquieren funciones distintas a las
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